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23 Julio 2011
Martín Tausia
La casualidad hace que la reaparición más esperada del toreo moderno, la corrida más esperada del milenio, haya puesto en la misma suerte a dos destinos unidos por curiosas coincidencias: el maestro de Galapagar y el joven mexicano Arturo Saldivar que mora en España en Valdemorillo, muy cerca de donde el mito nació. (Fotografia de Arturo: Fran Jiménez)
Como si fuera el infantil juego de “en que en se parece”, el serrano José Tomas vistió de luces por primera vez en la portátil de Valdemorillo allá por el año 1991. Veinte años después, que no son nada, mata toros a puerta cerrada en la cubierta de La Candelaria. En este mismo coso entrena a diario el mexicano que reside en Valdemorillo, natural de Aguascalientes, lugar azteca donde el maestro recibió hace año y medio la terrible cornada, tierra donde Tomas tiene casa y dicen que algún negocio.
Saldivar quiere encontrar el camino de la gloria. El mito transita en ella desde hace años. Tomás ya solo busca la eternidad en el toreo, parar el tiempo, templar las manillas del reloj. Saldivar vive el inicio de su ascenso a la cumbre del toreo.
El mexicano cogocho recibió parecida y cruel cornada hace más de dos años en tierras toledanas de Santa Cruz del Retamar, donde le adoran, para reaparecer en San Blas 2010 con la pierna aún herida. Hoy, mientras Saldivar quiere pisar el mismo sitio que el maestro. Tomás quiere quebrar el compás una tarde más.
Hoy en Valencia, con el permiso de Víctor Puerto, se citan en la arena, se encuentran en el sitio de la verdad, en el lugar que solo pisan los grandes toreros. Arturo, nuestro amigo Arturo, probara si ese es su espacio, el que buscaba, al abrigo de la mirada honda del chico de Galapagar. Suerte y Valor.
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